LAS MISIONES DE LA ALTA CALIFORNIA EN EL PATRIMONIO HISPANOAMERICANO DE LOS ESTADOS UNIDOS (I)

Cuando el 16 de julio del año próximo se cumplan los 250 años de la fundación de la misión de San Diego de Alcalá por el mallorquín fray Junípero Serra, tendremos la oportunidad excepcional de celebrar una de las últimas grandes empresas de exploración y colonización que llevaron a cabo los españoles en el mundo: la conquista de California.

La exploración de las costas del Pacífico norte por los españoles es muy temprana. Hernán Cortés impulsó las primeras expediciones a la península de California en el año 1532. Diego Hurtado de Mendoza llevó a cabo una primera e infructuosa intentona al mando de dos barcos: el San Miguel y el San Marcos. En octubre del año siguiente, Diego de Becerra y Fortún Jiménez zarparon desde el puerto de Manzanillo. Jiménez, que alcanzaría en 1534 la bahía de La Paz, es considerado el primer español en desembarcar en la Baja California. Sólo unos años más tarde, en 1539, Francisco de Ulloa, zarpando de Acapulco, recorrió la costa noroccidental de la Nueva España hasta la desembocadura del río Colorado, que bautizó como Ancón de San Andrés. Después, descendiendo por la costa oriental de la Baja California, completó la navegación de toda esta península hasta alcanzar la isla de los Cedros en 1540, desde la que envió una relación a Cortés en una de sus naves, la Santa Águeda, prosiguiendo desde esta isla la navegación en el Trinidad, sin que se volviese a tener noticia alguna de su expedición. Finalmente, en 1542, Juan Rodríguez Cabrillo (1498-1543) y Bartolomé Ferrer (1499-1550) alcanzarían definitivamente las costas de la Alta California, navegando hasta Monterrey y recorriendo más de 1.900 kilómetros del litoral. Llegaron, como recuerda Charles F. Lummis, «cien millas al norte del sitio donde tres siglos más tarde debía fundarse la ciudad de San Francisco» (1).

Sin embargo, la segunda mitad del siglo XVI se nos muestra como una larga etapa de apatía por parte de España en la exploración del suroeste de los actuales Estados Unidos. Sólo a partir de 1596, cuando Sebastián Vizcaíno (1547-1627), el cartógrafo Jerónimo Martín Palacios y el fraile carmelita Antonio de la Ascensión (2) emprendan un nuevo viaje de descubrimiento a instancias del virrey Gaspar de Zúñiga Azevedo y Velasco, conde de Monterrey, se vuelve a despertar el interés por un territorio hasta entonces apenas disputado. Vizcaíno llegó a alcanzar la desembocadura del actual río Columbia, en la costa septentrional de Oregón, más de 1.000 kilómetros al norte de San Francisco. Fijó la toponimia, que se conserva aún hoy en su mayor parte, y elaboró las primeras cartografías de California, proporcionando mapas que siguieron empleándose hasta bien entrado el siglo XVIII, cuando se retoma definitivamente por parte de la Monarquía Hispánica el proyecto para la colonización, la evangelización y, sobre todo, la mejor defensa de los extensos territorios de la frontera septentrional del virreinato de Nueva España (3).

Muestra del interés renovado por esos territorios la vamos a encontrar en distintos momentos del siglo XVIII, pero quizá el hito de mayor interés corresponda al año 1741, cuando el rey Felipe V traslada instrucciones a los virreyes y gobernadores americanos al objeto de proceder a la recopilación de información, sobre todo geográfica, demográfica y económica, sobre el estado y las características de los territorios ultramarinos. Para dar cumplimiento a esta orden en la Nueva España, el conde de Fuenclara, Pedro de Cebrián (1687-1752), comisionó al matemático y cartógrafo novohispano José Antonio de Villaseñor al objeto de llevar a cabo un estudio sistemático, el llamado Theatro Americano. Descripción General de los Reinos y Provincias de la Nueva España y sus Jurisdicciones, que se elaboró en dos volúmenes entre 1746 y 1748, acompañándose del espléndido Yconismo Hidrotérreo o Mapa Geographico de la América Septentrional (4), un magnífico mapa que se conserva en el Archivo General de Indias de Sevilla. El informe y los restantes materiales que lo acompañan nos han dejado una imagen nítida de la situación general de Nueva España, y particularmente de los territorios de su frontera septentrional, a mediados del siglo XVIII.

Pero será, sobre todo, durante el reinado de Carlos III (1759-1788) cuando se focalice la atención sobre California. Como ha señalado Alfredo Jiménez, durante su largo reinado «ocurrieron en España y en América grandes cosas, y se tomaron importantes decisiones que afectaron de manera especial a la frontera norte. Su propia marginalidad la puso cada vez más en contacto con el mundo exterior al sistema […] La amenaza de Inglaterra y Rusia por las costas del Pacífico había estimulado poco antes una ocupación efectiva de tierras más al norte y una política de expediciones científicas que llevaron a los barcos españoles hasta las costas de Alaska». (5)

Si la colonización de la Baja California la habían culminado los jesuitas durante la primera mitad del setecientos, la de la Alta California la llevarían a cabo los franciscanos en las últimas décadas del siglo XVIII.

Los jesuitas habían llegado a este territorio en el año 1683, como parte de la expedición a esta región comandada por Isidro de Atondo y Antillón, gobernador de Sinaloa y Almirante de las Californias por nombramiento del rey Carlos II (6). Lo acompañaba el padre Eusebio Francisco Kino (1645-1711), fundador de la misión de Nuestra Señora de Loreto, la primera en este territorio, a partir de la cual se establecieron otros 18 establecimientos misionales y unas 40 visitas que hicieron posible la completa evangelización de la Baja California hacia 1730.

La expulsión de los jesuitas de los territorios españoles en el año 1768 abrió el camino de la frontera a los franciscanos: «Para entonces, España ya había comprendido la importancia de establecer defensas en aquellas costas con el fin de impedir invasiones de ingleses y rusos. Entonces se emprendió la empresa de evangelización y colonización de la Alta California» (7).

Fray Junípero Serra (1713-1784) (8), que había llegado a la Nueva España en 1749, se integró en la expedición de Gaspar de Pórtola (1716-1786) y alcanzó las costas de California en 1769 (9)Su primera fundación, después abandonada y refundada como Nuestra Señora del Pilar, fue la misión de San Diego de Alcalá, establecida el 16 de julio de 1769 en las inmediaciones de la actual ciudad de San Diego. Un año más tarde, el 3 de junio de 1770, se fundaba casi 800 kilómetros al norte de San Diego, junto a la bahía de Monterrey, la misión de San Carlos Borromeo, conocida como misión del Carmelo. Estas dos fueron las primeras de las nueve que fundó personalmente fray Junípero Serra, sobre un total de 21 que los franciscanos pondrían en pie en California hasta el año 1823, dos años después de la emancipación de México.

Nombres propios como los de los jesuitas Eusebio Francisco Kino, ya mencionado, Juan María de Salvatierra (1648-1717), Juan de Ugarte (1662-1730) o Fernando Consag (17031759), o de franciscanos como fray Juan Crespí (1721-1782), nos permiten trazar el proceso de esta larga empresa de descubrimiento, exploración y colonización de las Californias. Crespí, por ejemplo, participó en una de las importantes y trascendentales expediciones, la de Juan Pérez (1725-1775) quien, partiendo del puerto de San Blas el 24 de enero de 1774, alcanzó el sur de Alaska y exploró los archipiélagos de la Reina Carlota y el Príncipe de Gales, así como la isla de Nutka, en un área fuertemente disputada con los ingleses y los rusos, lo que obligó a fortificar la isla y a construir el fuerte de San Miguel en abril de 1790.

Para algunos, el sistema colonizador de California es posiblemente el más perfeccionado de cuantos ensayaron los españoles en América. Partió de la vertebración del territorio a través de tres tipos de elementos: las misiones (núcleos religiosos), los presidios (núcleos militares) y los establecimientos de colonos (núcleos civiles), embrión de las primeras ciudades españolas de este territorio, como San José de Guadalupe, fundada por Felipe de Nevé (1724-1784), gobernador de las Californias, el 29 de noviembre de 1777, o Nuestra Señora de los Ángeles de la Porciúncula, la actual ciudad de Los Ángeles, establecida el 4 de septiembre de 1781.

Pero serán, sobre todo, misiones y presidios los dos elementos que empleó España para integrar a la población indígena y para la defensa y el poblamiento de estos territorios norteamericanos. Si las misiones consolidaron definitivamente la presencia española en la costa californiana, los presidios permitieron organizar una línea ininterrumpida de guarniciones entre la costa del Pacífico y la del golfo de México, en Texas. En la Alta California se establecieron los presidios de San Diego (1769), San Carlos de Monterrey (1770), San Francisco (1776) y Santa Bárbara (1782).

El proceso de emancipación de México (1810-1824) significó el final de la vieja frontera imperial. El breve gobierno mexicano de la Alta California que durante poco más de 25 años, entre 1821 y 1846, llevó la nueva bandera tricolor a los antiguos presidios y fuertes españoles, trajo consigo la secularización de las misiones en 1833 y la rápida desaparición del sistema. El ensayo apenas se había prolongado durante 50 años.  A la muerte de fray Junípero Serra en 1784 habitaban las misiones 4.650 indios. En 1790 el número ascendía a 7.500, alcanzando los 13.500 en torno a 1800. Para cuando la Alta California se integró en el nuevo estado de México, en el año 1821, había más de un millar de indios por término medio en cada una de las misiones franciscanas (10).

La guerra entre México y los Estados Unidos (1846-1847) y las consecuencias del Tratado de Guadalupe-Hidalgo (1848), por el que los mexicanos cedían todos sus territorios al norte de los ríos Gila y Bravo, dejaron a la Alta California, como a las otras provincias interiores (Nuevo México y Texas), vinculada definitivamente a la Unión.  Aquel extenso conjunto de territorios constituye hoy los estados soberanos de California, Nevada, Utah, Arizona, Colorado, Nuevo México y Texas, así como distintas áreas de los de Wyoming, Kansas y Oklahoma (11).

Construyendo la imagen de las misiones de la Alta California

Desde el mismo momento de su construcción, las misiones franciscanas de California llamaron la atención de aquellos viajeros y exploradores que las visitaron. Jean-François de Galaup, conde de La Pérouse (1741-1788), llegó a la misión de San Carlos en septiembre de 1786. Desembarcó en Monterrey al mando de las dos fragatas francesas de una expedición que, partiendo del puerto de Brest, circunnavegaba el mundo por orden de Luis XVI. Estas naves serían las primeras embarcaciones extranjeras en fondear en un puerto de la Nueva California, y La Pérouse el primer extranjero ilustre en visitar este apartado lugar. De esta visita dejó testimonio un dibujo de Gaspard Duché de Vancy (1756-1788) quien, como pintor, acompañaba a la expedición.

También la expedición de Malaspina, la empresa española de exploración más importante del siglo XVIII, tomó tierra en los puertos californianos. Bajo el mando de  Alejandro Malaspina (1754-1809) y José de Bustamante (1759-1825), las fragatas Descubierta y  Atrevida llevaron a cabo entre el 30 de julio de 1789 y el 21 de septiembre de 1794 un largo recorrido desde Cádiz a Montevideo y Buenos  Aires, atravesando el estrecho de Magallanes hasta los puertos chilenos de Chiloé, Talcaguano y Valparaíso, de allí al Perú, amarrando en  Arica y El Callao, luego a Guayaquil y desde aquí a Panamá, ascendiendo por la costa norte del Pacífico a la búsqueda del Paso del Noroeste. Viajaban a bordo el alférez Felipe Bauzá, cartógrafo de la expedición, los oficiales Dionisio Alcalá Galiano y Juan Gutiérrez de la Concha, responsables de los trabajos astronómicos, y los pintores Fernando Brambila, Juan Ravenet, José del Pozo, Tomás de Suría y José Guió, pintor y disecador, a los que se unió como dibujante el marinero José Cardero. De éste se ha conservado un dibujo de gran interés sobre la misión de San Carlos: «la vista recoge un primer plano de la plaza, formada por el convento, la iglesia y la ranchería, y al fondo, en los campos próximos, una perspectiva de las chozas o tiendas donde dormían los indios» (12).

Entre los testimonios pictóricos más antiguos que tenemos de las misiones franciscanas hay que destacar la obra de Ferdinand Deppe (1794-1861), un naturalista, explorador y pintor alemán, que había viajado por todo México entre 1824 y 1827, recolectando ejemplares de la flora y la fauna mexicanas con destino al Museo de Historia Natural de Berlín. En 1828 regresó a México acompañado del botánico Christian Wilhelm Schiede (1798-1836), con el que se instaló en Jalapa al objeto de reunir nuevamente especímenes zoológicos y botánicos para su venta a comerciantes europeos y a museos, pero el fracaso del negocio le animó a trasladarse a California, donde trabajó como comisionista y agente comercial hasta su regreso a Alemania en el año 1836.

Durante este periodo, en el que California se encuentra vinculada al México independiente, Deppe visitaría la misión de San Gabriel, de la que tomó un dibujo en 1828 y elaboró después un óleo sobre lienzo en 1832. Éste nos muestra un excelso paisaje montañoso sobre el cual se recortan los edificios del conjunto misional, construido con muros de adobe enlucidos con cal, con sus techumbres de madera cubiertas por grandes faldones de teja cerámica. Observamos la iglesia, ante la que se concentra una gran multitud que celebra el Corpus Christi, y las restantes dependencias. Destacan en primer término una vivienda indígena y un buen número de personajes, blancos e indios, algunos a caballo, todos con sus vestimentas características. La obra, que trasfunde un profundo aroma romántico, constituye un testimonio excepcional del ambiente de estas misiones antes de su secularización y abandono.

Figura 1. Ferdinand Deppe, La misión de San Gabriel, hacia 1832. Laguna Beach (California), Laguna Art Museum.

La de Deppe es, con diferencia, la obra pictórica más antigua de que disponemos. El resto corresponden principalmente al último cuarto del siglo XIX, pudiendo destacarse algunas obras del inglés Juan Buckingham Wandesforde (1817-1901), el francés Jules Tavernier (1844-1889) o el noruego Christian August Jorgensen (1860-1935), que, como otros muchos artistas, se instalaron en California en la segunda mitad del siglo XIX.

Bien conocido como paisajista, Juan Buckingham Wandesforde nació en el seno de una familia aristocrática inglesa y se formó con los notables acuarelistas ingleses John Varley (1778-1842) y John Le Capelain (1814-1848). Wandesforde comenzó su carrera como pintor de retratos y profesor. En 1850, emigró a los Estados Unidos y se estableció en la ciudad de Nueva York, trasladándose en 1862 a San Francisco, donde continuó pintando retratos por encargo y comenzó a producir pintura de paisaje que, como este de la misión de San Carlos Borromeo, nos dejan constancia fiel de la calidad de su obra, muy apreciada en California.

Figura 2. Juan Buckingham Wandesforde, La misión de San Carlos  Borromeo del Carmelo, 1875. Fine Arts Museums of San Francisco.

El pintor y aventurero francés Jules Tavernier (13) llegó a San Francisco en 1874, trasladándose enseguida a Monterrey, donde su estudio se convirtió pronto en uno de los focos más importantes de la colonia de pintores allí establecida. Durante su estancia en California, donde permaneció hasta su marcha a Hawai en 1884, Tavernier se mostró fuertemente atraído por la grandeza de la costa de Monterrey, donde realizó algunos de los trabajos más audaces de su carrera, con gran variedad de temas y una cierta predilección por las imágenes misteriosas, como esta de la misión de San Carlos Borromeo.

Figura 3. Jules Tavernier, La misión del Carmelo, 1875. Colección particular.

Pero será el noruego Christian Jorgensen el artista que se acerque en un mayor número de ocasiones al tema misional. Llegado a California hacia 1870, sus obras sobre las misiones cubren un amplísimo espacio geográfico, entre San Francisco y la frontera mexicana, y presentan un gran interés desde el punto de vista arquitectónico (14).

Figura 4. Christian Jorgensen, Asistencia de San Antonio de Pala, hacia 1910. Berkeley, University of California.

Tampoco podemos dejar de hacer aquí mención de la numerosa serie de dibujos, acuarelas y aguafuertes de las misiones que realizó Henry Chapman Ford (1828-1894). Formado en Francia e Italia, Ford se convirtió en uno de los grandes paisajistas después de la Guerra Civil.  Abrió estudio en Chicago, pero se estableció en California, al parecer por problemas de salud, en 1875. En la década de 1880 realizó una amplia serie de dibujos y grabados sobre los conjuntos franciscanos que se presentaron en la Exposición Universal de Chicago, también conocida como Exposición Colombina, del año 1893.

Por lo que respecta a los materiales fotográfi cos del siglo XIX de los que disponemos para el estudio de las misiones franciscanas de la Alta California, la nómina es sensiblemente mayor, e incluye muestras extraordinarias, como las fotografías de albúmina de William Henry Jackson (1843-1942), del que se han conservado numerosas imágenes de la década de 1880, probablemente posteriores a 1885, correspondientes a las misiones de San Diego, San Luis Rey, San Juan Capistrano, San Gabriel, San Fernando, Santa Inés, San Miguel, San  Antonio, San Carlos Borromeo, San Juan y San Francisco (15).

También se han conservado interesantes fotografías estereoscópicas de Charles Wallace Jacob Johnson (1833-1903), integradas en la colección Views of California Scenery. Natural de Maryland, Johnson se instaló en San Francisco hacia 1870, trasladándose en 1880 a Monterrey, donde trabajó para el recién inaugurado Hotel Del Monte, uno de los mejores hoteles de lujo norteamericanos de su tiempo. Muy activo durante las dos últimas décadas del siglo XIX, los registros fotográficos de Johnson nos han dejado una viva imagen de la vida en la bahía de Monterrey durante ese periodo.

Pero la documentación fotográfica de mayor interés se debe, sin duda, a Carleton Watkins (1829-1916), llegado a San Francisco en 1851, durante la llamada fiebre del oro. Watkins, que se formó como fotógrafo con Robert H. Vance (1825-1876), un daguerrotipista de Maine establecido en California hacia 1850, ejerció como fotógrafo desde 1861.

Figura 5. Carleton Watkins, La misión de San Carlos del Carmelo, hacia 1880.

Figura 6. Carleton Watkins, La misión de San Fernando Rey, hacia 1880.

Aunque Watkins ha pasado a la historia de la fotografía por sus extraordinarios reportajes del valle de Yosemite, que resultaron decisivos para que Abraham Lincoln ordenase su declaración como parque nacional en 1864, sus imágenes de las misiones constituyen uno de los testimonios gráficos que más han contribuido a la patrimonialización de este legado.

Figura 7. Carleton Watkins, La misión de San Antonio de Padua, hacia 1880.

Figura 8. Carleton Watkins, La misión de San Luis Rey de Francia, hacia 1880.

(1) Charles F. Lummis, Los exploradores españoles del siglo XVI, Barcelona, Araluce, 1926, p. 69.

(2) Autor del Viage del nuevo descubrimiento que se hizo en la nueva España por el mar del Sur, desde el puerto de Acapulco asta el Cabo mendozino por mandado de su Magestad el Rey Phelipe tercero siendo Virrey el Conde de Monterrey en el año 1602. Siendo General de la Armada Sebastian Vyzcaino. Compuesto por el P. Fr.  Antonio de la Ascensión Religioso Descalzo de Nuestra Señora del Carmen, que se conserva en la Real Academia de la Historia, en Madrid.

(3) Véase Falia González Díaz, The Threads of Memory. Spain and the United States / El hilo de la memoria. España y los Estados Unidos, 2011, catálogo de la exposición homónima.

(4) Archivo General de Indias, MP-MEXICO,161.

(5) Véase  Alfredo Jiménez,  El Gran Norte de México. Una frontera imperial en la Nueva España (1540-1820), Madrid, Tébar, 2006, p. 447.

(6) Véase W. Michael Mathes, «Datos biográficos sobre el almirante de las Californias, Isidro de  Atondo y  Antillón», Estudios de Historia Novohispana IV (1971), pp. 105-111.

(7) González Díaz 2011, op. cit. (nota 3), p. 88.

(8) Véase Ricardo Majó Framis, Vida y hechos de Fray Junípero Serra. Fundador de la Nueva California, Madrid, EspasaCalpe, 1956.

(9) Sobre el proceso de exploración y colonización de California puede consultarse Jaume Sobrequés i Callicó, Orígenes hispanos de California. De la expedición de Pórtola a la independencia de México, Barcelona, Base, 2010.

(10) Véase Felipe Fernández-Armesto, Nuestra  América. Una historia hispana de Estados Unidos, Barcelona, Galaxia Gutemberg, 2014, p. 171, que hace referencia a la obra de D.J. Weber, The Spanish Frontier in North  América, New Haven, Yale University Press, 1992.

(11) Sobre los antecedentes hispanos de la historia de los Estados Unidos puede consultarse Fernández-Armesto 2014, op. cit. (nota 10).

(12) María del Carmen Sotos Serrano, Los pintores de la expedición de  Alejandro Malaspina, Madrid, Real  Academia de la Historia, 1982, vol. 2, pág. 133.

(13) Sobre la obra de Tavernier puede consultarse Scott  A. Shields,  Alfred C. Harrison y Claudine Chalmers, Jules Tavernier,  Artist and  Adventurer, Portland, Pomegranate Communications, 2014.

(14) Sobre Jorgensen puede consultarse el catálogo  Katherine M. Littel, Chris Jorgensen. California Pioneer  Artist, Sonora, Fine  Arts Research Publishing Co., 1988.

(15) Véase Special Collections &  Archives en la biblioteca de la Universidad de California (The Library UC San Diego), en la que se conservan las fotografías originales de William Henry Jackson procedentes de la colección de Kenneth E. y Dorothy V. Hill. Puede hacerse la consulta on-line en http://library.ucsd.edu/speccoll/missionsites/ index.html.



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