LAS MISIONES DE LA ALTA CALIFORNIA EN EL PATRIMONIO HISPANOAMERICANO DE LOS ESTADOS UNIDOS (II)

Os ofrecemos la segunda y última parte de este interesante artículo escrito por Fernando Vela Cossío sobre las Misiones de la Alta California en el Patrimonio Hispanoamericano de los Estados Unidos.

La patrimonialización de las misiones de California y la obra del historiador Rexford Newcomb

 El inventario, la catalogación y la protección legal de las misiones de California tuvieron lugar en la segunda mitad del siglo XX, cuando se empezaron a incorporar las diferentes fundaciones franciscanas al Registro Nacional de Lugares Históricos (National Register of Historic Places, 22 NRHP) y al Programa de Hitos Históricos Nacionales (National Historic Landmarks, NHL) (1). El primero ha estado administrado desde su creación por el Servicio de Parques Nacionales (National Park Services), una agencia federal dependiente del Ministerio del Interior creada en agosto de 1916. El Estado de California tiene 144 elementos registrados como National Historic Landmarks, muchos de los cuales corresponden a las misiones franciscanas, en tanto que representan lugares en los que se han producido acontecimientos relevantes de importancia histórica nacional, contienen construcciones notables o se trata de yacimientos arqueológicos.

Pero la patrimonialización efectiva de las misiones comenzó mucho antes. Prácticamente un siglo atrás. Rodrigo Gutiérrez Viñuales se ha referido a un proceso que se inicia con la incorporación de California a la Unión, con el consiguiente adueñamiento de las misiones por parte de los Estados Unidos después de la guerra con México, al que sigue un «rescate patrimonial en el que cabría la acción de numerosos arquitectos e historiadores. Dicho proceso comenzará a darse con fuerza a partir de la adquisición por parte del Estado de Texas de la misión de ‘El Álamo’ en 1883, y la restauración, al año siguiente, de la misión de San Carlos Borromeo del Carmelo; todo ello potenció el entusiasmo por la recuperación de los edificios misionales, buena parte en ruinas. La publicación de la novela Ramona (1884), de Helen Hunt Jackson, escenificada en las antiguas misiones, marcaría un boom editorial que acrecentaría la validez de todo el proceso» (2).

El libro de Newcomb que es objeto de la presente edición, The Franciscan Mission  Architecture of  Alta California (Nueva York, The  Architectural Book Publishing Co. Paul Wenzel & Maurice Krakow), publicado en el año 1916, es consecuencia, por supuesto, de ese proceso de patrimonialización, y de hecho constituye el primer estudio sistemático sobre la arquitectura de las misiones californianas pero, al tiempo, viene también a señalar la oportunidad, verdaderamente operativa, del uso de este legado hispano en la arquitectura contemporánea de los Estados Unidos.

A pesar de su interés, esta obra, que fue reimpresa en inglés en el año 1973 (Nueva York, Dover Publications), no ha sido nunca traducida al español. Su autor, Rexford Newcomb (1886-1986), fue profesor de historia de la arquitectura, miembro de la American Society of Architectural Historians, de la que fue elegido presidente en 1943, y decano de la Facultad de Bellas Artes y Artes Aplicadas de la Universidad de Illinois en Urbana, donde se conserva un importante archivo documental sobre su trabajo (3). Los materiales de este legado nos proporcionan valiosa información, especialmente fotográfica, sobre la ingente labor realizada para el estudio de la historia de la arquitectura norteamericana y, particularmente, la del legado arquitectónico hispano, en un extenso lapso cronológico que abarca de 1902 a 1965.

Su publicación coincide con el momento de mayor desarrollo del denominado Mission style, muy extendido en el periodo 1890-1930, y contribuyó al fortalecimiento del llamado estilo español, denominado en Norteamérica Spanish Colonial Revival style (4), que conocerá su periodo de mayor esplendor entre 1915 y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, extendiéndose con fuerza en Florida y en California.

El Mission style y el Spanish Colonial Revival style, que enlazan con la arquitectura del historicismo y el eclecticismo de raíz europea muy extendido en la arquitectura norteamericana de las últimas décadas del siglo XIX, constituyen una muestra fehaciente del creciente interés por España, el arte español y el legado hispano en los Estados Unidos que venía impulsando con fuerza desde principios del siglo XX la Hispanic Society of  America, fundada en 1904 por  Archer Milton Huntington (1870-1955).

La exposición internacional de San Diego (1915-1917) (5), cuyo diseño recae precisamente sobre el arquitecto Bertram Grosvenor Goodhue (1869-1924), que había realizado distintos viajes por México desde finales del siglo XIX y había colaborado estrechamente con el historiador Sylvester Baxter (1850-1927) preparando la planimetría que acompaña la monumental obra Spanish Colonial  Architecture in Mexico (Boston, J.B.Millet, 1901), constituye el momento de mayor apogeo del estilo Colonial Español en los Estados Unidos.

La publicación de los libros de Newcomb contribuirá de forma decisiva a la difusión de los patrones estilísticos hispánicos no sólo en los Estados Unidos, sino en todo el continente americano. Como ha señalado Rodrigo Rodríguez Viñuales, «este término de neocolonial es el que se impondría en Latinoamérica para las arquitecturas de raíz hispana, en medio de un proceso identitario potenciado desde los círculos intelectuales, y del que tomaron parte activa arquitectos, artistas y literatos. Esta realidad sería estimulada por la celebración de los centenarios, en tanto momento de balance y debate sobre proyecciones futuras de los países, y, poco tiempo después, por el estallido de la primera guerra mundial, en el que el modelo cultural europeo, hasta entonces casi indiscutible, desciende en su consideración y propicia una mirada introspectiva americanista. Si a ello sumamos los efluvios arquitectónicos ‘hispanistas’ arribados desde Estados Unidos a través de revistas de aquellas latitudes y otras propias que incorporaban información del país del norte, ‘lo español’ pasaba a conformar parte singular de la identidad americana. Dicho de otra manera, la identidad española se arraigaba como componente de las esencias del continente» (6).

Arquitectos de todo el continente como Pedro  Adolfo de Castro Besosa (18951936) o Rafael Carmoega Morales (1894-1968) en Puerto Rico, Evelio Govantes Fuertes (n. 1886) y Félix Cabarrocas  Ayala (1887-1961) en Cuba, Federico Mariscal Piña (1881-1971) y Jesús T.  Acevedo (1882-1918) en México, Héctor Velarde (1898-1989) y Emilio Harth-Terrè (1899-1983) en el Perú, Roberto Dávila Carson (1899-1971) en Chile o Martín Noel (18881963) y Ángel Guido (1896-1960) en la  Argentina, constituyen notables exponentes de la difusión que adquirieron las formas de raigambre hispánica en la  América del primer cuarto del siglo XX, un periodo que corresponde a la etapa inicial del desarrollo profesional de los nacidos a finales del siglo XIX y que coincide en España con la búsqueda de un nuevo estilo nacional que, tras el cataclismo político, social y económico que produce el Desastre del 98 y su consiguiente crisis de identidad, traiga consigo un decidido espíritu de cambio, renovación y reorientación en una España que luchaba por encontrar su propio camino y la expresión de su personalidad en el nuevo orden internacional del siglo XX.

En el campo concreto de la arquitectura ese camino pareció encontrar su cauce con la construcción del pabellón español de París de 1900, un edificio de José Urioste y Velada (1850-1909) que rememoraba con devoción las formas de expresión del plateresco español y que vendría a constituirse como una de las referencias arquitectónicas más importantes del regeneracionismo español. En palabras de Fernando Chueca, «la patria herida, ya que no por las armas, quería vencer exhibiendo valores culturales. El grito lo profirió José Urioste y Velada construyendo el Pabellón Nacional de España en la Exposición Universal de París en 1900» (7). El proyecto de Urioste partía, en palabras del arquitecto Luis María Cabello y Lapiedra, de «los preciosos ejemplares que de este género existen en la Universidad de  Alcalá, cuya fachada terminó en 1553 el hábil Rodrigo Gil de Hontañón; la fachada principal del  Alcázar de Toledo, cuya obra fue encargada en 1537 al célebre  Alonso de Covarrubias, cuando el emperador Carlos V acordó convertir en Palacio la antigua fortaleza de  Alfonso X; la Universidad de Salamanca, precioso ejemplar del estilo plateresco, ensayado sólo hasta entonces por Enrique de Egás en Santa Cruz de Toledo y Santa Cruz de Valladolid, y el Palacio de los Condes de Monterrey, edificado en 1530 en la misma ciudad de Salamanca, notable entre otros detalles por su grandiosa crestería de coronamiento. Para el interior se han tomado modelos de patios de la misma época, y motivos de decoración del Colegio del Arzobispo, en Salamanca, del Hospital de Santa Cruz, en Toledo, y de las casas del Pardo y Zaporta, en Zaragoza»(8).

Una de las consecuencias de la búsqueda de ese estilo nacional para la arquitectura española sería el redescubrimiento de las diferentes tradiciones locales y de las innumerables particularidades del que constituía en realidad un conjunto de regiones plural y diverso. Nacionalismo y regionalismo se van a vertebrar así a partir de la misma consideración e importancia del discurso de la tradición, y compartirán de hecho un mismo núcleo que quedaría reflejado a la perfección en el que puede considerarse el principal «manifiesto» del regionalismo español: la ponencia que presentan los arquitectos Leonardo Rucabado (1875-1918) y  Aníbal González (1876-1929) en el VI Congreso Nacional de  Arquitectos, celebrado en San Sebastián en septiembre de 1916, bajo el título «Orientaciones para el resurgimiento de una  Arquitectura nacional». La celebración de la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929 representa el momento culminante de todo ese proceso consolidación de esa «identidad española» en América a la que, sin duda, los trabajos de Rexford Newcomb tanto habían contribuido.

Autor de obras muy señaladas de la historia de la arquitectura norteamericana como Colonial and Federal Houses (Filadelfi a, J.B. Lippincott Co., 1933),  Architecture of the old Northwest Territory; a study of early architecture in Ohio, Indiana, Illinois, Michigan, Wisconsin & part of Minnesota (Chicago, University of Chicago Press, 1950) o  Architecture in old Kentucky (Urbana, University of Illinois Press, 1953), Newcomb cultivó también el estudio de la cerámica y las artes aplicadas (9). Entre sus obras sobre arquitectura hispanoamericana, además de la que nos ocupa, hay que destacar The old mission churches and historic houses of California; their history, architecture, art and lore (Filadelfi a / Londres, J.B. Lippincott Co., 1925), The Spanish House for  America (Filadelfi a, J.B. Lippincott Co., 1927) y Spanish-colonial  Architecture in the United States (Nueva York, J.J.  Augustin, 1937).

El ejemplar original con el que hemos trabajado para elaborar la presente edición, la primera que, como ya se ha dicho, ha sido traducida al español, procede del fondo antiguo de la biblioteca de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Madrid, y forma parte del llamado Donativo Cebrián, al que enseguida nos vamos a referir.

Las misiones de California en la historiografía española

 Acompañan a esta edición facsímil de la obra original de Newcomb dos textos españoles que han sido traducidos por primera vez al inglés. Creemos que constituyen un complemento extraordinario, que deja cumplida constancia del despertar en España del interés por el legado hispanoamericano en los Estados Unidos. Las obras escogidas son el discurso de ingreso del arquitecto Modesto López Otero en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, titulado «Una influencia española en la arquitectura norteamericana», leído el 9 de mayo de 1926, y un artículo del también arquitecto Rafael Fernández-Huidobro, «Campanarios en California», aparecido en 1936 en la revista Arquitectura, órgano de difusión de la Sociedad Central de Arquitectos.

Modesto López Otero (1885-1962) obtuvo el título de arquitecto en 1910, dando inicio a una brillante carrera como profesional. En el año 1916 se incorporó como profesor a la Escuela Superior de Arquitectura de Madrid, de la que fue catedrático de Proyectos desde 1916 y director entre 1923 y 1943, etapa durante la cual se desarrolló el proyecto, la construcción y la reconstrucción, después de la Guerra Civil (1936-1939), de la Ciudad Universitaria de Madrid, sin duda su trabajo más importante. Como miembro de la Junta Rectora de la Ciudad Universitaria, formó parte de la Comisión Técnica que viajó por Norteamérica para conocer los grandes campus de las universidades de los Estados Unidos, tomando así contacto con la arquitectura contemporánea y también con algunos de los testimonios del legado español en esa parte del continente (10).

En su discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, para cubrir la baja producida por la muerte en abril de 1923 de Ricardo Velázquez Bosco, se acerca a las misiones de California precisamente en ese contexto de reivindicación del legado arquitectónico hispanoamericano al que ya hemos hecho mención, pero sin perder de vista el progreso de la arquitectura de su tiempo. Quizá por eso, cuando se refiere al movimiento hispanista, señala: «Debemos aspirar a conservarlo a través de todas las mudanzas del porvenir. Esto podrá conseguirse, no de cara a lo pasado, sino de espalda; y no por la repulsa, sino por la marcha segura y el rápido caminar de una evolución, al empuje de la tradición misma, puesto el pensamiento en una nueva arquitectura».

También resulta muy importante destacar la mención que López Otero introduce en el texto del discurso cuando se refiere al «tema de este pequeño trabajo, del cual he de advertir, antes de pasar adelante, que no es otra cosa sino un ensayo sin pretensiones críticas, o mejor una recopilación de impresiones, apuntes y comentarios, sugeridos al hojear algunos libros y revistas americanas de la biblioteca de mi Escuela, la mayor parte del donativo Cebrián—nombre que en los labios de un arquitecto español de hoy significa gratitud y devoción—, y reunidos con el método posible en quien, como yo, no está acostumbrado a hacer discursos».

Es aquí muy significativa la referencia a Juan Cebrián Cervera (1848-1935), amigo personal de López Otero y prestigioso ingeniero español afincado en San Francisco desde 1870, que desarrollará una generosa y constante labor de promoción de la imagen de España en los Estados Unidos y de mecenazgo de la Universidad española.

Precisamente, el ejemplar del libro de Rexford Newcomb con el que se ha preparado esta edición es uno de los libros integrados en el llamado Donativo Cebrián, un numeroso conjunto de obras seleccionado para su incorporación a la biblioteca de la Escuela de  Arquitectura, que veía así mejorar sus fondos bibliográficos en el campo de la arquitectura, las bellas artes, la historia y las distintas materias tecnológicas relacionadas con la construcción y la ingeniería, además de importantísimas suscripciones de revistas de arquitectura de Europa y  América. En 1917 el catálogo del Donativo Cebrián incluía más de 2.600 libros y cerca de 400 revistas, lo que puede darnos una idea de su importancia para la mejora de la actividad académica de la Escuela.

Como ha señalado Luis Español, el papel de Cebrián fue fundamental a la hora de aproximar la Universidad de Berkeley y la Universidad Central de Madrid, así como para proporcionar una base económica a las actividades de los hispanistas norteamericanos, cuya labor facilitó mediante la donación de valiosas obras españolas a importantes bibliotecas norteamericanas, como las de las universidades de Berkeley y Stanford, la del Metropolitan Museum de Nueva York o la del Art Institute de Chicago.

En el texto que acompaña al homenaje que tributó a Cebrián la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, el propio López Otero leyó un resumen biográfi co del amigo y mecenas en el que destaca cómo «fundó la Biblioteca española de la Universidad de Berkeley, que por el incesante donar ha excedido ya de los 25.000 volúmenes, costeando además su magnífico catálogo. Lo mismo que en Berkeley, en Stanford fundó otra con más de 5.000 libros, y otras también, especiales, en determinados centros, como en el Museo Metropolitano de Nueva York, y en el Instituto de Arte de Chicago. Extendiéndose a lo popular, fundó la parte española de la gran Biblioteca de la ciudad de San Francisco» (11).

El discurso nos facilita un nítido diagnóstico sobre el escaso interés que ha tenido. Se duele, con razón, López Otero de que «para las fuentes de conocimiento del tipo generador tenemos que acudir a los mismos americanos. Es lamentable reconocer cómo, a pesar de que el aspecto más sugestivo de la acción civilizadora de España en América, es el desarrollo de su arte, mejor dicho, de su arquitectura, cuyo conjunto, implantación y desenvolvimiento, sostiene una comparación con los de la conquista romana, apenas ha llamado nuestra atención. En el siglo XIX casi nadie se ha ocupado de ella, al menos en sentido específico; aun hoy, no son los libros españoles los que la analizan y divulgan, y eso que no pueden estudiarse los estilos españoles del renacimiento y del barroco sin incluir la frondosa rama ultramarina».

Destaca López Otero las aportaciones del mexicano Mariscal y de los argentinos Guido y Martín Noel, así como de arqueólogos y eruditos como Revilla, Díaz Barroso o el marqués de la Frontera, pero insiste en señalar la importancia de las aportaciones norteamericanas, con referencias expresas a Sylvester Baxter (1850-1927) (12) o Mary Gordon Holway (1857-1922) (13). Sin embargo, sorprende un poco que no haga mención alguna de la obra de Newcomb, que a buen seguro conocía.

El otro texto incluido en la presente edición es, como hemos señalado, del arquitecto Rafael Fernández-Huidobro. Publicado en 1936, en el número 5 de ese año de la revista Arquitectura, se trata de una interesante aproximación a uno de los elementos más representativos de la arquitectura misional californiana. «¿Cuál es el elemento más característico de la arquitectura de las misiones?» se pregunta; «el campanario. Esas agradables torres y espadañas de sencillas y suaves líneas en los claros horizontes de aquel país. Pues bien: éste fue y es el elemento más llevado y traído a toda clase de edificios. Y el único objeto que tiene este artículo es esbozar, de una manera muy ligera, desde luego, algo de lo que constituyen los campanarios de California».

Rafael Fernández-Huidobro y Pineda (1908-1994) había ingresado en la Escuela de Arquitectura de Madrid en el año 1924, titulándose como arquitecto en diciembre de 1933. Licenciado en Ciencias Exactas e Ingeniero Geógrafo, fue profesor de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Madrid y obtuvo en 1945 la cátedra de Construcción Arquitectónica de segundo curso en la Escuela Superior de Arquitectura, centro al que permaneció vinculado hasta su jubilación en diciembre de 1983. En el año 1947 fue uno de los encargados, junto con Íñiguez Almech y López Durán, de la ponencia para reformar el ingreso en la Escuela, en la que ocupó los cargos de subdirector jefe de estudios entre 1952 y 1962 y de director desde 1967 a 1969.

Estuvo pensionado en el año 1935 por la Fundación Conde de Cartagena (14) para realizar estudios en California, lo que explica su conocimiento del patrimonio arquitectónico hispanoamericano y su proyección profesional, tres décadas más tarde, en 1961, como restaurador de los monumentos españoles de Puerto Rico, Filipinas, Bolivia, Colombia y Panamá.

En su artículo, un magnífico trabajo del que hay que destacar especialmente los dibujos de los campanarios que lo ilustran y acompañan, Fernández-Huidobro se acerca a la arquitectura contemporánea, señalando cómo «el pueblo californiano, al recoger modernamente su arquitectura del pasado e inspirándose en ella [para] crear nuevas formas, obteniendo una bella y típica arquitectura, pone de manifiesto cómo el amor a lo propio sirve para conseguir en un país la manera de construir que mejor armonice con su suelo y tradición […] No puede afirmarse, en absoluto, que en California se hayan logrado formas enteramente originales. Pero sus arquitectos han sabido realizar, con gran inteligencia, una adaptación de estilos derivados de España a las modernas condiciones de vida en aquel país nuevo, consiguiendo resultados de innegable armonía y belleza». E introduce aquí una elogiosa referencia a López Otero, de quien afirma que «expone, de una manera clara y definitiva, las características de este proceso arquitectónico».

Huidobro demuestra un buen conocimiento de la bibliografía sobre el tema cuando señala que «no existe apenas bibliografía en castellano sobre el desarrollo e historia de las misiones y de su influencia en la arquitectura actual de California (hay que hacer excepción, desde luego, en el notable trabajo, ya citado, de D. Modesto López Otero, que realmente llena aquella laguna); pero sí hay mucha en inglés», extendiéndose en la nómina de los trabajos disponibles, entre los que se encuentra The old mission churches and historic houses of California (1925) de Newcomb, pero no nuestro The Franciscan Mission  Architecture of  Alta California (1916). Incluye asimismo en su bibliografía traba jos clásicos como The art of the old world in New Spain, and the mission days of  Alta California (1922) de Mary Gordon Holway o Spanish Colonial or ad obe  Architecture of California.1800-1850 de Donald R. Hannaford y Revel Edwards (1931).

A estos primeros trabajos de López Otero y Fernández-Huidobro sobre las misiones seguirán aproximaciones históricas como las de Diego Ángulo Íñiguez en su Historia de la  Arquitectura Hispanoamericana (Barcelona, Salvat, 1945-1956) (15), y Enrique Marco Dorta, que dedica a las misiones de las Californias un epígrafe de su libro  Arte en  América y Filipinas, volumen XXI de la serie  Ars Hispaniae (Madrid, Plus Ultra, 1973) (16).

(1) La declaración más antigua es la de las misiones de Santa Bárbara y San Carlos Borromeo del Carmelo, que están hechas el 10 de septiembre de 1960.  A estas primeras declaraciones se irán sumando en los años siguientes otras de distintos conjuntos o elementos concretos: mayo de 1963 (Presa de la Vieja Misión, San Diego), abril de 1970 (San Luis Rey, San Diego o La Purísima), etc.

(2) Rodrigo Gutiérrez Viñuales, «Identidades españolas en  América a través del arte y la arquitectura. Escenarios de entresiglos (1890-1930) y prolongaciones en el tiempo», Historia y Política, nº 36 (2016), p. 196.

(3) Rexford G. Newcomb Papers, 1902-65, University of Illinois  Archives. En este sentido, deseamos agradecer a la doctora Helaine Silvermann, profesora del Departamento de  Antropología, la ayuda prestada para la consulta de los materiales originales de Newcomb que se conservan en The Rare Books and Manuscript Library de la Universidad de Illinois en Urbana.

(4) Blumenson, Identifying  American  Architecture.  A Pictorial Guide to Styles and Terms, 1600-1945, Nueva York / Londres, W.W. Norton & Company, 1981.

(5) Sobre el desarrollo, las características y los arquitectos intervinientes en la exposición internacional de San Diego puede consultarse The architecture and the gardens of the San Diego Exposition (Madrid, Kalam, 2017), publicado en esta misma colección.

(6) Gutiérrez Viñuales 2016, op. cit. (nota 17), p. 198.

(7) Fernando Chueca Goitia, «Arte,  Arquitectura y Urbanismo en la España de 1898»,  Arbor nº CLX, 630 (junio de 1998), p. 242.

(8) Luis María Cabello y Lapiedra, «El Pabellón español en la Exposición de París»,  Arquitectura y Construcción, nº 48 (febrero de 1899), p. 54.

(9) Durante los años veinte publicó distintos libros sobre cerámica antigua, entre los que pueden destacarse Ceramic art among the Greeks and Romans (Beaver Falls, 1926), Ceramic of Saracenic Syria, Turkey and Egypt (Beaver Falls, 1926), Ceramic Decoration in India (Nueva York, 1928), Decorative Tiles of North  Africa (Nueva York, 1929) y Ceramic whitewares; history, technology and application (Nueva York / Chicago, 1947).

(10) Véase Teresa Sánchez de Lerín García-Ovies, Modesto López Otero. Vida y obra, tesis doctoral, Escuela Técnica Superior de  Arquitectura de la Universidad Politécnica de Madrid, 2000.

(11) «Biografía leída por don M. López Otero en la  Academia de Bellas  Artes de San Fernando con motivo del homenaje a D. Juan C. Cebrián»,  Arquitectura, nº 168 (abril de 1933).

(12)  Sylvester Baxter es autor del libro Spanish-Colonial  Architecture in Mexico (Boston, J.B. Millet, 1901, 12 vols.) Esta obra de gran formato, traducida al español en 1934, se acompañaba de un abundante material gráfi co que incluía fotografías de Henry Greenwood Peabody (1855-1951) y planos de Bertram Grosvenor Goodhue (1869-1924).

(13) Mary Gordon Holway es autora, entre otros trabajos, del libro  Art of the Old World in New Spain and the Mission Days of  Alta California (San Francisco,  A.M. Robertson, 1922).

(14) La Fundación Conde de Cartagena fue instituida por  Aníbal Morillo y Pérez (1865-1929), quien a su muerte dejó dispuesto un importante legado a las Reales  Academias Española, de la Historia, de Bellas  Artes de San Fernando, de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, Nacional de Medicina y al Patronato del Museo Nacional del Prado, para la creación de cátedras de estudio en estas corporaciones y para la concesión de premios y becas.

(15) Véase  Angulo Íñiguez, Diego: “La arquitectura hispanoamericana en los Estados Unidos”, en Historia del  Arte Hispanoamericano, vol. 2, págs. 823-858. Barcelona: Salvat, 1950.

(16)  Véase Marco Dorta, Enrique: “Estados Unidos”, en  Arte en  América y Filipinas, págs. 190-198.  Madrid: Plus Ultra, 1973.



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