Palacios encantados, sitiados y rescatados: historias de un programa en la arquitectura chilena (I)

Con esta nueva serie de entregas queremos poner un broche de oro a los artículos técnicos dedicados al Palacio Rioja en Viña del Mar, Chile. Para ello os desgranaremos el fantástico artículo escrito por el historiador José de Nordenflycht Concha de la Universidad de Playa Ancha sobre la importancia de los palacios chilenos en la historia de su arquitectura a lo largo de cuatro partes.

Esta primera entrada integra la presentación del artículo del profesor Nordenflycht, trabajo que se encuentra publicado en su totalidad en el ejemplar El Palacio Rioja, una experiencia de recuperación en Iberoamérica de nuestra colección «Puesta en valor del Patrimonio».

1. Érase una vez…

La historia de la arquitectura en Chile, como en gran parte de la región latinoamericana, construyó una imagen en la medida que sus narrativas se refugiaron en analogías dependientes y transferencias equívocas, donde las primeras siempre buscan acá lo que se originó allá, y las segundas se concentran en la naturaleza original del mensaje mientras se invisibilizan las condiciones de recepción. Toda vez que el modo en que se proyectan, construyen y habitan la gran mayoría de los edificios que hoy día engrosan nuestros catálogos monumentales, han sido materializados en condiciones muy diversas a sus atribuidos lugares de origen, quedando las analogías y las transferencias sólo en la pretensión de una forma, deslizando confusiones entre ornato y decoro, mientras se sobredeterminan las explicaciones taxonómicas en torno a la manida noción de estilo.

Lo anterior es particularmente recurrente cuando revisamos los fundamentos de explicaciones históricas sobre la arquitectura producida por y para las élites decimonónicas, donde pareciera que la copia se confunde con la imitación y el programa con el tipo (1). Cuando sabemos que el afán de los tratadistas del siglo XIX fue precisamente crear un procedimiento metodológico en donde la adaptación formal fuera una expresión de la transmisión del tipo. Por lo que aquellos sobreentendidos que colocan al eclecticismo historicista (2) como un mero formalismo, no han sido lo suficientemente explícitos a la hora de confrontar esa etiqueta estilística con materialidades, sistemas constructivos y soluciones espaciales radicadas en un contexto social que les permite tener un significado más complejo sobre un período histórico en donde las sociedades latinoamericanas fundan las bases de su proyecto modernizador al amparo de los Estados nacionales que buscan inventar su origen mientras recitan su destino.

El descrédito que las distintas tipologías del siglo XIX han tenido en nuestra historiografía no es solamente el testimonio de un rezago temático, sino que el abandono programático desde un discurso modernizador militan- te en donde los noveles y reformistas arquitectos de las décadas del 40 y 50 invocan la muerte del padre a partir de diversos gestos iconoclastas, incluso que- mando el tratado de los ordenes clásicos de Vignola en el patio de una escuela universitaria (3). Lo curioso es constatar que las vilipendiadas lógicas del estilo y sus amaneramientos fueron rápidamente replicadas en un nuevo estilo moderno, surgiendo así la nueva monumentalidad de los palacios del pueblo, del deporte o de la salud, como síntomas inequívocos de unas retóricas que terminan sien- do variaciones ornamentales.

Salón principal Palacio Rioja restaurado. Fuente: Archivo fotográfico de obras

La épica de la arquitectura moderna se construye sobre la invención de ese voluntarismo del cual muchos comienzan a levantar sus razones y confrontar sus orígenes, lo que nos lleva a mirar un proceso de larga duración configurado por continuidades y desplazamientos en la historia de la arquitectura en Chile que no podrían descartar la referencia a los palacios.

Creemos que ese es un marco de aproximación a la problemática historiográfica general que deberíamos considerar frente a la afortunada ocasión que nos ofrece el proceso de puesta en valor de un edificio como el Palacio Rioja; ya que más allá de sus características y valor –que ya son una razón más que suficiente para prestar atención sobre él (4)- lo que su circunstancia y debida contextualización nos revela es el índice de un proceso mayor que se inscribe en el inicio de un largo proceso modernizador de la sociedad chilena, en tanto los palacios resultan ser una expresión construida que abandona el paradigma postcolonial, el cual con sus herencias y contradicciones puso en una zona de comodidad a quienes no querían introducir cambios, mientras asomaban nuevas generaciones que desde la transformación van develando un deseo que persigue tiempos cada vez más vertiginosos donde los otrora palacios negados a los súbditos ahora serán construidos por los ciudadanos.

En estas circunstancias un palacio dista mucho de ser sólo una imagen que expresa unos cuantos tópicos recurrentes en torno al poder y sus condiciones de habitabilidad, con sus extravíos en torno a linajes y tradiciones in- ventadas. Ya que si sólo tuvieran valor por ello, en tanto representaciones concentradas por desarrollar fachadas que se juegan figurativamente en el delirio del “parecer”, estaríamos dejando de lado lo que material e inmaterialmente “son”, en tanto complejos sistemas que dan contención a relaciones que, en un microrrelato de la sociedad de la época, emergen desde el deseo construido de unas ficciones que aún hoy nos transmiten la necesidad que tuvieron en su día para dar morada a la diversidad de la vida doméstica y pública de sus moradores, con sus conflictos, disensos y contradicciones. Tal vez algo no tan distante de las metáforas que nos han narrado los cuentos infantiles, en cuyos palacios lo mismo habitan hadas, brujas y princesas, las que mutan según la posición, lugar y espacio que ocupan en ellos.

Por lo anterior es que nuestro breve relato identifica alegóricamente tres momentos de esa mutación. El primer momento reconoce el encantamiento de los valores y atributos en sus proyectos recién inaugurados, donde la sorpresa y admiración no sólo fueron de sus comitentes y eventuales invitados, sino que de ciudades completas que transitan hacia su configuración urbanística definitiva gracias a estos aportes. El impacto en la cultura visual urbana de imponentes fachadas con reminiscencias góticas, moriscas, barrocas o clasicistas, será su efecto más evidente. El segundo momento identifica la amenaza de los mismos a merced de factores contextuales externos que capturan ese encanto, dando como resultado unos edificios sitiados en medio del crecimiento y la densificación urbana que presiona sobre sus preexistencias. Sumado a lo cual la reducción en escala de los predios así como la valoración de las oportunidades de localización van instalando a las mismas élites en programas de vivienda más compactos y funcionales. Y el tercer momento en que, algunos pocos, vendrán a ser rescatados desde la visión de nuevos comitentes responsables de un futuro posible, donde el rigor de sus intervenciones y el efecto de su puesta en valor los reintegra al espacio social reconvertidos en un bien común.

 

(1) Cfr. DURAND, J. N. L. (1981 [1809]): Compendio de Lecciones de Arquitectura. Madrid: Ediciones Pronaos.

(2) Para la definición de “eclecticismo historicista” seguiremos a De Fusco cuando precisa que “(…) queremos ante todo liberar a la expresión “eclecticismo historicista” de sus connotaciones negativas, considerándola indicativa de un estilo unitario en su conjunto y, en segundo lugar, incluir en ella otros fenómenos como el del nacimiento de la urbanística moderna y otros acontecimientos que la historiografía trata por lo general en capítulos a parte” DE FUSCO, Renato (1992): Historia de la Arquitectura Contemporánea. Madrid: Celeste Ediciones, p. 11.

(3) Nos referimos al episodio que supuso el inicio de la reforma curricular a la enseñanza de la arquitectura en la Escuela de Arquitectura de la Pontificia Universidad Católica de Chile en 1949. Detalles y contexto de este hecho histórico en NORDENFLYCHT, José de (2013): “Pintura Mi(g)rada. Notas sobre la obra de Francisco Méndez Labbé.”, Cuadernos de Arte, Escuela de Arte, Pontificia Universidad Católica de Chile, núm. 18, Santiago de Chile, 33-47.

(4) Un acercamiento monográfico  al  edificio  fue  planteado  tempranamente  por  MONTANDON,  Roberto  (1985):  “Dos mansiones viñamarinas. Homenaje a dos arquitectos porteños.” en Boletín de la Academia Chilena de la Historia, Año LII / núm. 96.

 

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