PALACIOS ENCANTADOS, SITIADOS Y RESCATADOS: HISTORIAS DE UN PROGRAMA EN LA ARQUITECTURA CHILENA (III)

En esta nueva entrega del artículo del profesor Nordenflycht nos centramos en la evolución del estilo palaciego chileno y las diversas influencias que condujeron a la superación de la tipología anterior. Esta serie finalizará con la siguiente entrega que dará conclusión a este recorrido por los palacios chilenos de entresiglos.

3. Palacios sitiados: disfuncionalidad y decadencia.

Si, después de haber pasado una noche y un día en Paris, como vengo de contarlo, me hubiese vuelto a América, a esa América tan joven y solitaria, débil reflejo de los países de Europa, habría creído despertar de un sueño, de un viaje a otro mundo, a otro planeta, en el cual se elaboran las bellezas que nos fascinan y las ideas que nos guían. 

Benjamín Vicuña Subercaseaux (1)

La impresión de este chileno en París representa con toda seguridad al sentir de la élite de la cual proviene, siendo hijo homónimo del gran historiador y hombre público que, como Intendente de Santiago, introduce notables cambios a su imagen urbana. Esta opinión se suma como la de un cronista más de esa dilatada transición entre el siglo XIX y el siglo XX (2), donde todo lo que podría ser modelo en París, finalmente era traicionado por su copia, en tanto lo que allá resulta funcional acá no lo era. Lo que allá era tradición, acá termina siendo ficción (3).

Ese tono epocal que nos dibujan las impresiones literarias se suma a otro tipo de testimonios que nos permiten acercarnos a ese momento histórico a partir de sus obras de arquitectura, siendo los álbumes fotográficos fuentes inestimables para su conocimiento. El álbum fotográfico de José Walton (4) es un ejemplo elocuente de esa voluntad para relatar con imágenes. En sus páginas podemos revisar registros del palacio de la señora Carolina Íñiguez de Pereira, el palacio de don Eduardo Salas Undurraga, el palacio de don Moisés Errázuriz, el palacio de don Matías Astoreca Granja o el palacio de la señora Lucía Subercaseaux de Vicuña. Donde cada uno de los propietarios ha sido exactamente individualizado en tanto se asegura que esta difusión “aumentará la importancia y el valor de las propiedades”. Misma utilidad reviste el Álbum del Club de la Unión (5) publicado en 1925 con ocasión de la inauguración de la actual sede del Club de La Unión, obra del arquitecto Alberto Cruz Montt. Estos repertorios fotográficos, entre varios otros, nos permiten conocer los interiores de notables edificaciones, las que sumadas a los variados testimonios de hombres y mujeres van complementando la microhistoria social de las relaciones familiares de una élite que habita en palacios en medio de un complejo proceso de transformación (6). En efecto, los procesos de urbanización latinoamericanos pareciera que tendrán cada vez menos espacios físicos para las élites, o al menos éstas tendrán que compartirlos con nuevos habitantes de la ciudad que van llegando del campo. El modelo palaciego de vivienda unifamiliar se va transformando bajo las demandas disciplinares que tendrán en pocos años más como punto de fuga anatemas como las “máquinas para habitar”, donde la racionalidad de un plano será proporcional a la funcionalidad de un programa, comprimiendo la habitabilidad en una “existencia mínima”, la que incluso modificará el habitar de los grupos hegemónicos con mayor poder en la sociedad.

Las cantidades de metros cuadrados habitables se reducen por doquier, dar morada en cantidad será la consigna, a la vez que los palacios de antaño van dando paso a viviendas en que se reduce la escala bajo el prurito de la racionalidad y economía formal que entra en conflicto con la resistencia de las élites. Estos grupos se refugiarán ahora en la declinación programática de los antiguos palacios, esos que los modelos anglosajones de la arquitectura “georgian” bautizan como bungalows y cottages. Ahí será donde los patios coloniales irán dando paso a los lucernarios, jardines de invierno, patios vidriados y abreviadas cúpulas.

Paralelamente, el modelo urbanístico también va cambiando: desde las fachadas continuas y manzanas compactas originadas en el damero fundacional español llegaremos a la ciudad jardín, lo que en el caso de ciudades como Viña del Mar llegará a ser un pleonasmo urbano (7).

Esta consideración no podría restarle importancia al efecto de representación de ideales, valores y deseos de los comitentes de proyectos que todavía siguen encargando programas que añoran los palacios en sus expresiones más singulares, pero ello nos lleva a contrastarlo con las planimetrías originales y descripciones programáticas, sobre todo de cara a las transformaciones que sufren los edificios, en donde la merma en la cantidad de habitantes será el primer índice del comienzo de su proceso de obsolescencia.

Figura 1. Chalet de don Ricardo Lyon. Fuente: Selecta, año II, nº 6, septiembre 1920.

Efecto de ello será una transición tipológica importante que corresponde a la relación entre llenos y vacíos en el solar: mientras en las agrupaciones urbanas compactas y de alta densidad el afuera está adentro –lógica del patio como cortile– en las agrupaciones urbanas con espaciamientos el adentro está afuera –lógica del ante jardín–, que según la escala podrán presumir incluso de un parque perimetral.

En Santiago el estatus de palacio se conseguía en ocupaciones de predios completos que con fachadas sobre la línea de edificación dejaban poco espacio para composiciones más complejas, traspasando esa complejidad a la ornamentación de fachada.

Figura 2. Cité de don José Pastor, diseñado por Julio Bertrand, 1914. Fuente: WALTON, Jorge Álbum de Santiago y Vistas de Chile, Sociedad Imprenta y Litografía Barcelona, Santiago de Chile, 1915.

Los palacios tuvieron una vocación pública en tanto la recepción y hospitalidad son una de las leyes de su programa. Estaban concebidos programáticamente para recibir visitantes y no sólo albergar al grupo familiar, de lo cual testimonian con elocuencia las alturas de los recintos y la configuración de los interiores en un edificio aislado que privilegia la iluminación natural. Esa pro- porciones, dimensiones y escala frente a la casa, la mansión o la vivienda de las clases emergentes de comienzos del siglo XX son las que se van dejando atrás. Los ritos de la sociabilidad se comprimen ostensiblemente en los interiores domésticos. Aparece la casa del burgués (8), que como ya hemos comentado vendrá a construirse en una etapa de transición hacia el debate instalado por la Arquitectura del Movimiento Moderno (9). Arquitectos como Smith Solar o Kulczewski ya no construirán palacios, surgirán los cottages, las villas o los chalets, que además comparten la fisonomía de la nueva ciudad emergente con aportaciones loca- les, vernáculas y generalmente vinculadas a la autoconstrucción, que por cierto de manera extensa supondrán los espacios de habitabilidad y sociabilidad de los grupos subalternos, los que claramente estarán relegadas a lo que algunos denominaron en su día “arquitectura anónima” (10), la que igualmente no estaba exenta de tipologías y valores asociados a la transferencia modernizadora del influjo europeo. Baste recordar que las tipologías de vivienda colectiva pasarán de ser denominadas conventillos a “cités”, demostrando la ascendencia cultural francesa incluso en la nombradía de las más humildes viviendas colectivas.

Figura 3. Palacio Íñiguez, diseñado por Alberto Cruz Montt y Ricardo Larráin Bravo, Santiago de Chile, 1908. Fuente: Archivo Fotográfico Museo Histórico Nacional.

Calefacción, iluminación, desagües y otros varios aspectos más de aquello que genéricamente se describen como redes, son las que asumen una modernización desde dentro, en donde luz, gas, alcantarillado, e incluso sistemas de circulación vertical –como serán los montacargas que conectan cocinas con comedores- ahora serán parte de una realidad material en la que se van definiendo los aspectos más cotidianos de la modernización de la sociedad chilena.

A medida que los espacios domésticos reducen su escala y tamaño, aumenta la ocupación de espacios públicos como parques y avenidas, y el consumo de alimentos y bebidas ya no será privativo de tabernas y cantinas –principalmente asociados a ritos de sociabilidad masculina- y las familias completas salen de la casa para ocupar restaurantes, hoteles y cafés. Serán estos últimos los que lleguen a convertirse en espacios de intercambio intelectual, político y social, como el señero caso de la Confitería Torres inaugurada en 1879 y que se traslada en 1904 desde su céntrica ubicación en la intersección de las calles Ahumada con Huérfanos hacia las dependencias de la primera planta del Palacio Íñiguez. Paradoja que sólo reafirma la imagen de que mientras las familias de los otrora exclusivos salones de los palacios van cerrando sus postigos y persianas, se comienzan a abrir puertas y ventanas por nuevos dueños que les dan nuevos usos, dando cuenta de los cambios que demanda una sociedad moderna.(11)

Figura 4. Palacio Cousiño, diseñado por Juan Eduardo Fehrman, Lota, 1885. Fuente: Archivo Fotográfico Museo Histórico Nacional.

En su origen generaron valor sobre los terrenos en que fueron construidos, por lo que su proceso de decadencia también supuso en algunos casos la necesidad económica de subdividir los espacios de habitación, donde nuestros palacios devienen en maison à louer, arrendando y subarrendando, al punto que hoy se reconocen situaciones muy complejas en el entorno de la Alameda donde antiguos palacios están directamente tugurizados, todo por la promesa de la oportunidad de localización, tal vez hoy uno de sus valores más coherentes con las expectativas de la especulación del suelo urbano, en donde las consideraciones por sobre el valor patrimonial son vistas incluso como un obstáculo para el desarrollo inmobiliario. En suma, palacios sitiados donde el desencantamiento es total. Lo mismo ocurre en aquellos palacios ubicados fuera de los centros históricos, sobre todo aquellos que se instalan a lo largo de todo el territorio nacional en espacios de privilegio asociados al control de actividades extractivas, entre los que destacan el Palacio y el Parque Cousiño en Lota, la localidad del sur de Chile en donde se desarrollará la actividad minera asociada al carbón. La pérdida del control de la actividad minera, su traspaso al Estado y finalmente el cierre de la actividad, es un contexto económico que inevitablemente explica la misma suerte que corre el edificio que hoy día es un acotado eriazo en medio de un parque.

Figura 5. Parque Cousiño, Lota. Fuente: José de Nordenflycht Concha.

Cuando Sigfried Giedion, desde el sitial que le daba su hegemónico relato del Movimiento Moderno en arquitectura, nos reclama que “cuando las formas pierden su contenido interno, se convierten en clichés sin significado emocional. Pero los artistas creativos no pueden utilizar clichés. Si el promotor exige clichés, los eclécticos pasan a primer plano.” (12) El golpe de gracia al eclecticismo historicista ya estaba dado con un mazo que no solo era un discurso, sino que se transformará en un criterio operativo del cual dará cuenta el patrimonio de nuestras ciudades. Esa confrontación mañosa entre patrimonio y desarrollo fue dejando víctimas que no serán precisamente las edificaciones y sus enhiestas materialidades devenidas en ruinas, sino las futuras generaciones, que ahora tendrán que evocar en pretérito lo que se podría haber integrado a su futuro.

(1) VICUÑA SUBERCASEAUX, Benjamín (1905): La Ciudad de las Ciudades (Correspondencias de París). Santiago de Chile: Sociedad Imprenta y Litografía Universo, 21.

(2) Como bien plantea el arquitecto Osvaldo Cáceres en su obra de síntesis, CÁCERES, Osvaldo (2007): La Arquitectura de Chile Independiente. Concepción: Ediciones Universidad de Bío-Bío.

(3) El historiador Manuel Vicuña es quien ha puesto mayor atención a este período desde sus características socioculturales, ver VICUÑA, Manuel (1996): El París Americano: la oligarquía chilena como actor urbano en el siglo XIX. Santiago: Universidad Finis Terrae y VICUÑA, Manuel (2001): La belle époque chilena. Santiago: Editorial Sudamericana.

(4) WALTON, José (1915): Álbum de Santiago y vistas de Chile. Santiago de Chile: Imprenta Barcelona, 39.

(5) NAVARRO, Luis (ed.) (1925): Álbum del Club de la Unión. Santiago de Chile: Imprenta y Litografía La Ilustración.

(6) SUBERCASEAUX, Pedro (1962): Memorias. Santiago de Chile: Editorial del Pacífico, y BARROS, Martina (1942): Recuerdos de mi vida. Santiago de Chile: Editorial Orbe.

(7) GÓNGORA, Álvaro (2006): “De jardín privado a balneario público. Veraneando en Viña del Mar” en GAZMURI, Cristián y Rafael SAGREDO (eds.) Historia de la vida privada en Chile, el Chile moderno de 1840 a 1925, tomo II. Santiago de Chile: Taurus- Aguilar chilena ediciones.

(8) A distancia de las tipologías de  “private houses” urbana o del tipo cottage, como observa MIGNOT, Claude (1994): Architecture of the 19th Century. Köln: Taschen.

(9) Ya sobre el siglo XX algunos de los arquitectos que representarán esa transición serán Ricardo Larraín y Josué Smith, ver PÉREZ DE ARCE, Mario (1993):  Josué Smith Solar. Un arquitecto chileno del 900. Santiago: Ediciones ARQ., y VIZCAÍNO, Marcelo (2010): Ricardo Larraín Bravo 1879-1945 Obra de Arquitectura. Santiago: Ediciones Universidad Diego Portales.

(10) Cfr. BOZA, Cristián y DUVAL, Hernán (1982): Inventario de una Arquitectura Anónima. Santiago de Chile: Editorial Lord Cochrane.

(11) A.A.V.V. (1992): Formas de sociabilidad en Chile 1840-1940. Santiago de Chile: Fundación Mario Góngora-Editorial Vivaria.

(12) GIEDION, Sigfried (1997): “La necesidad de una nueva monumentalidad”, en Escritos Escogidos, Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos Técnicos de Murcia, Murcia, p. 160.

 

Seguir leyendo



Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies