Palacios encantados, sitiados y rescatados: historias de un programa en la arquitectura chilena (IV)

Finalizamos con esta última entrada el interesante recorrido por la arquitectura palaciega chilena de la mano del profesor José de Nordenflycht Concha. Esperamos que el material haya sido de vuestro agrado y recordamos que este artículo junto con otros relacionados con la intervención de Kalam en el Palacio Rioja en Valparaíso se encuentran en el volumen monográfico El Palacio Rioja, una experiencia de recuperación en Iberoamérica de nuestra colección «Puesta en valor del Patrimonio».

4. Palacios rescatados: del monumento al patrimonio.

Los detalles exquisitos de refinamientos y de lujo de aquella expléndida (sic) casa pasaban desapercibidos á los ojos de los profanos que solo experimentaban (sic) la sensación imponente de algo desconocido y misterioso, atributo de un culto extraño, de ídolo.

 Luis Orrego Luco (1)

Sabemos que el primer momento metodológico de la intervención y puesta en valor del patrimonio construido es la investigación histórica, de ahí que el primer reclamo a disponer de insumos para acometer tareas en esa línea sería preguntarnos por el lugar que ocupan en nuestras historias de la arquitectura el período, las tipologías y los casos que se remiten a la amplia gama de palacios ya comentados.(2) Pensemos en el Palacio de La Moneda, que de ser un equipamiento industrial –en tanto casa de acuñación de monedas- pasó a ser residencia de la autoridad política más importante del país y hoy es un símbolo de nuestra historia. Las sucesivas transformaciones producto de su refuncionalización y reconversión de edificio industrial a residencia presidencial, hasta sus intervenciones para recuperar el edificio luego del bombardeo que sufre del 11 de septiembre de 1973, hacen sospechar con alguna seguridad que este palacio es uno de los que ha tenido las mayores intervenciones en la historia de la arquitectura chilena. (3)

Figura 1. Palacio Álvarez Condarco en ruinas post terremoto de 1906, Viña del Mar.
Fuente: Archivo Fotográfico Museo Histórico Nacional.

¿Qué podemos inferir del resto? Las demandas y presiones sobre su cambio de uso, aun los supuestamente más acordes, son una realidad sobre la que hay que trabajar. Salvo que sus sostenedores y sentido original sigan vigentes, lo que dadas las profundas transformaciones descritas en la sociedad chilena nos privaría de ese contexto en tanto no hay sucesiones familiares que reclamen el uso de los programas originales, ya que por más aristocratizantes que parezcan las pretensiones de nuestras élites, la inversión de sus deseos radica en modelos de habitabilidad muy lejanos a lo que estos edificios representan, donde la autenticidad y la integridad quedan entre los daños colaterales del olvido y el abandono. Los palacios se abandonan tan rápidamente como se levantaron, una o dos generaciones a lo máximo, y luego nuestras élites migran a otros barrios segregando una ciudad cada vez más populosa.

Muchos han sufrido los efectos de obsolescencia y varios más la destrucción sin más amparo que razones espurias, oportunistas y especulativas.

Las consecuencias de estos cambios de uso se inscriben en la espacialidad de estos palacios cuando constatamos que recintos como zócalos, bodegas, sótanos, buhardillas, entretechos, cocinas, almacenes, baños y toda la red de espacios de circulación que antaño pudieron ser espacios habitables para el personal de servicio ya no cumplen tal función y serán los primeros en ser deshabitados. Por lo que la recuperación de un salón, la restauración de una fachada o la conservación de una techumbre tendrán objetivos que sean necesariamente distintos a devolver un uso original, ya que ese uso es claramente improbable hoy en día.

Poner en valor el programa es lo más complejo, pues el descalce histórico devenido en modernidad introdujo cambios insospechados en el momento que fueron proyectados.

Figura 2. Corso de Flores, Viña del Mar, 1905. Fuente: Archivo Fotográfico Museo Histórico Nacional.

Sumado a lo cual habría que considerar el “efecto terremoto”, ya que particularmente concurrente es este acontecimiento infausto en nuestra historia y sus efectos en el parque edilicio es evidente cada vez que sentimos barruntar la tierra desde sus profundidades. Más allá de las consideraciones en torno al riesgo y la vulnerabilidad de lo preexistente, los terremotos son una oportunidad para reintroducir el estado del debate de la arquitectura contemporánea, la que para la primera mitad del siglo se seguía con muchos interés por una sociedad que –sobre todo para el caso de Valparaíso- estaba compuesta por una gran cantidad de ciudadanos de origen europeo, inmigrantes de primera generación que habían engrosado las filas de la oligarquía local. Y si mencionamos particular- mente el caso de Valparaíso es porque la gran área devastada por el terremoto de 1906 fue campo libre de acción para una reconstrucción planificada en la traza pero bastante aleatoria en lo vertical, hoy diríamos dejada a la especulación in- mobiliaria.(4) Asociado a lo cual uno de sus efectos urbanos más evidentes es el traslado de la población de mayores recursos desde Valparaíso hacia la ciudad de Viña del Mar.

Figura 3. Palacio Undurraga, diseñado por José Forteza, Santia- go de Chile, 1911.
Fuente: Archivo Fotográfico Museo Histórico Nacional.

De alguna manera la construcción del Palacio Rioja entre 1907 y 1910 es testimonio de ello, ya que la adquisición de los terrenos se produce por la venta de aquellos en donde originalmente estaba la casa patronal de la hacienda que pertenecía a la familia Vergara, fundadora de Viña del Mar. La ocupación por la familia Rioja será efectiva hasta 1956, año en que es adquirido por la Municipalidad de Viña del Mar, la que lo ocupa convertido ya en el Hotel de Ville –lo que permitió que mantuviera su conservación en un estado óptimo-, hasta que los terremotos de 1985 y 2010 pasaron la cuenta sobre su enhiesta estructura, que responde a las solicitaciones sísmicas con bastante dignidad.

Figura 4. Ex Casa Rivas, diseño original de Eduardo Provasoli, Santiago de Chile, 1887. Fuente: José de Nordenflycht Concha.

Este hecho no hace sino demostrar la capacidad técnica del arquitecto Alfredo Azancot, quien había desarrollado una prolífica labor como proyectista de varias residencias en la población Monterrey, el Cerro Castillo y la Avenida de Agua de Viña del Mar, colaborando en construir una ciudad que define su vocación a partir del voluntarismo de las élites que sitúan en su territorio actividades recreativas e industriales. Azancot, arquitecto de origen francés, quien estudió en el politécnico más antiguo del mundo, contó con los arquitectos Renato Schiavon y Aquiles Landoff, que fueron en su auxilio a la hora de implementar los elementos ornamentales, sumados al amueblamiento decorativo provisto por el francés Edouard Poteau, coordinando su trabajo sobre el principio de la belleza como índice de coherencia espacial, formal y objetual. Entendiendo que la belleza no es lujo necesariamente asociado a la materialidad o los costes de la obra sino que una problemática compleja que se asume desde el diseño. Acostumbrados como estamos a escamotearla, vilipendiarla e incluso negarla como categoría analítica, no debemos olvidar que la vieja venustas vitrubiana que durante un tiempo pareció quedar desplazada por razones y funciones, hoy vuelve a ser un factor de consideración más allá de formalismos y más acá de funcionalismos.

Figura 5. Palacio Pereira, detalle interior. Fuente: José de Nordenflycht Concha.

Elegantes, suntuosos, señoriales y lujosos, todos atributos bastante recurrentes a la hora de las descripciones de este tipo de edificios. Ello podría ser un camino corto para llegar rápidamente a despejar la sostenibilidad de estos atributos, o tal vez un camino bastante largo si es que contextualizamos el espíritu de una época cuyas prácticas de sociabilidad urbana nos relatan el imaginario de sus habitantes a través de festejos en donde coches y carros en un tropel desfilan en un corso de flores, instituido como la proyección de los interiores palaciegos hacia una esfera pública controlada en los recintos del Sporting Club de Viña del Mar hacia el año 1905 (5).

La ciudad jardín estaba en marcha y había que instalarse en su camino. Precisamente en el Camino de Quillota, y por lo tanto en la ruta a Santiago, estaba el solar en donde se construye el Palacio Rioja. Es una casa camino del campo, que no de campo, aun cuando su enorme parque circundante hiciera parecer otra cosa, un parque con la naturaleza domesticada, con invernaderos, canchas de tenis, picadero, y otros recursos funcionales al uso de las necesidades de su propietario.

Figura 6. Casa Velasco, Santiago de Chile, c. 1910. Fuente: Archivo Fotográfico Museo Histórico Nacional.

Palacio multifuncional, no sólo es un programa residencial, no solamente es un espacio privado, en tanto su escala representa la implantación de sus recintos en medio de un parque, así como los varios despachos  desde donde se seguían sus negocios. No sólo de suntuosas fiestas y animadas veladas, sino también de espacios de sociabilidad para levantar negocios y definir inversiones.(6) Lo que sí es bastante elocuente es que su ubicación y emplazamiento fundaban un lugar. Su orden espacial y configuración formal eran de una coherencia que dejaba que el interior esplendiera en el exterior, por lo que vanos y muros no eran membranas que ocultaban, sino que más bien develaban. De alguna manera los palacios eran edificios privados que tenían una vocación pública, o al menos no eran mezquinos con eso que llamamos espacio público.

Es la larga lista de pérdidas documentadas por álbumes fotográficos del momento; ahí están las imágenes del Palacio Cousiño en Lota o el Palacio Concha Cazzotte en Santiago. O la Ex Casa Rivas, que fuera un proyecto residencial del arquitecto italiano Eduardo Provasoli encargado por el acaudalado minero Juan Francisco Rivas Cruz en 1887, que pese a ser declarado Monumento Nacional en 1983 es una de las operaciones de fachadismo más desafortunadas de nuestro catálogo monumental.

Figura 7. Castillo Majadas de Pirque, diseñado por Alberto Cruz Montt, Pirque, 1907. Fuente: Archivo Fotográfico Museo Histórico Nacional.

Más halagüeños resultan ser los proyectos que penden sobre aquellos palacios en vías de ser recuperados, como es el caso del Palacio Pereira. Probablemente la señal más potente sobre el rescate de algún palacio en Chile haya sido la situación que aquejó por años al Palacio Pereira y que está en proceso de ser finalmente intervenido con un proyecto contemporáneo sancionado por un exitoso Concurso Público que establece un diálogo con la preexistencia a través de varias operaciones que van desde la restauración filológica hasta la rehabilitación. Los palacios de antaño se fueron convirtiendo en imágenes. En el mejor de los casos ruinas resplandecientes de fantasmas. En el peor de los casos en escombros indiferentes al paso de los transeúntes, donde pareciera que los vivos están más indiferentes que los muertos. Los palacios se fueron convirtiendo en el prestigio de las ciudades, su memoria y relato construido donde las copias devienen en modelos y la recuperación del programa pasa por la refuncionalización. Finalmente abrir una escalinata o reponer una techumbre será reparar la pérdida colectiva. Y es por ello que los palacios, otrora símbolo de poder y posición social de unos pocos, hoy pasan al bien común en tanto son reconocidos como parte del patrimonio de todos los chilenos, a través de operaciones de rescate y puesta en valor que prometen un final feliz, en la medida que seamos responsables por relatar a las nuevas generaciones el cuento del patrimonio. Si bien la identificación y protección del primer catálogo monumental comienza en Chile con una ley pionera en Latinoamérica que crea el Consejo de Monumentos Nacionales en 1925, tendremos que esperar hasta la década del 70 para que se incorporen en el registro y gocen de esa protección legal aquellos inmuebles que se reconocen en el apelativo de palacios (7).

Elocuente resulta el hecho de que el primer palacio que contó con protección oficial fue La Moneda, y tendremos que esperar al último cuarto del siglo XX para que masivamente se incorpore a la arquitectura donde las tipologías asociadas al eclecticismo historicista fueran reconocidas como patrimonio (8). Curioso es el hiato que se produce entre la catalogación de inmuebles del período colonial y los del siglo XX, dejando en medio un vacío sobre la protección de nuestro patrimonio monumental decimonónico. Más aún, la arquitectura preexistente que tenía valor para la mirada del arquitecto moderno será solamente la arquitectura anterior al siglo XIX, al punto que durante las primeras décadas del siglo XX se instala una sensibilidad en la producción arquitectónica que se acercará a lo nacional desde la lectura de esos valores preexistentes, revalorándolo en sus elementos emblemáticos y readaptándose a una funcionalidad más contemporánea, dando origen a la tendencia del neocolonialismo.

Figura 8. Palacio Bruna, diseñado por Julio Bertrand, Santiago de Chile, 1916. Fuente: Archivo Fotográfico Museo Histórico Nacional.

En esa línea se encuentran los numerosos estudios de observación y puesta en valor del patrimonio colonial que realizó el arquitecto Roberto Dávila, los que fueron decisivos para su formación y posterior evolución formal. En ellos está la voluntad explícita por descubrir la esencia de los orígenes de la arquitectura chilena para, desde allí, reelaborar una práctica arquitectónica contemporánea qué se reconozca dentro de una tradición (9). Como práctica proyectual también se recoge en algunas restauraciones que tienen diversas motivaciones, como la actualmente llamada Posada del Corregidor que adquiere presencia urbana a partir de 1926 cuando la adquiere Darío Zañartu que “rehabilita la plazuela (…) y emprende importantes modificaciones en la casa”, obras encargadas al arquitecto Alberto Cruz Montt y en cuya terminación participa Roberto Dávila. También está el caso de la “Casa de los Velasco” que en 1927 es intervenida por el arquitecto Victor Heal (10). Los monumentos no serían otra cosa que la demostración de que solo los más fuertes sobreviven, en este caso los acervos culturales que sobreviven a la destrucción y el olvido. Inventar tradiciones en ese contexto será activar convenientemente el parque monumental disponible resignificado. Es lo que recientemente nos ha demostrado Antonio Sahady (11) a partir de un exhaustivo estudio para el centro histórico de la ciudad de Santiago, el cual fácilmente podríamos extender en sus diagnósticos y conclusiones a la situación de un país que tuvo en los palacios uno de sus pro- gramas más destacados en la andadura del cambio del siglo XIX al XX. La pregunta sobre qué tipo de intervención realizar requiere urgentes respuestas donde siempre el tiempo apremia con una inexorable curva de obsolescencia. De este modo la memoria interpelada por muros y vanos impone una recuperación del programa que ha pasado desde la restauración hasta la rehabilitación, parte de las estrategias “re” que nos recuerda Moisés Puente (12). Algo que podemos ver en la reciente puesta en valor del Castillo de las Majadas de Pirque, que introduce criterios a ratos polémicos pero muy vigentes desde el debate contemporáneo sobre la intervención en la arquitectura preexistente. Los palacios quedarán literalmente sitiados en medio de dos siglos, proyectando su herencia a las generaciones futuras, las que hoy los habitan de múltiples maneras. (13)

5. Para un final feliz: continuará…

La felicidad que produce la arquitectura entra en un campo subjetivo del cual han dado cuenta disciplinarmente psicólogos y neurólogos, por lo que no entra- remos en honduras que no nos corresponden. Lo que sí podemos testimoniar es la felicidad que puede producir en una comunidad la recuperación de una pérdida. Como en el desenlace de un relato donde se enfrentan protagonistas y antagonistas, el deseo de triunfo de los primeros es la debilidad de los segundos. Cuando una comunidad identifica el liderazgo en quienes toman ese protagonismo, el desenlace no podría ser menos que satisfactorio. Lo anterior no hace sino que describir la cadena de producción de valor a la cual está asociada toda intervención de puesta en valor de nuestro patrimonio, donde nuestros nuevos protagonistas asumen el liderazgo de una responsabilidad compartida. El valor patrimonial de un inmueble no sólo es una entelequia nostálgica edulcorada con ornamentos como piensan algunos. Lejos de ello, el valor económico del patrimonio lo sitúa como uno de los activos más importantes de nuestra sociedad, en tanto es parte del bien común. Recordemos que el patrimonio tiene unas características de valor económico como un bien único –y por lo tanto monopólico-, a la vez como un bien público no excluible ni indivisible y también como un bien que genera externalidades intergeneracionales. En el momento actual los palacios se nos aparecen en distintos estados. Desde la memoria que invocamos en los que han desaparecido, dejando tras suyo un puñado de fotografías en donde la diversidad de soluciones formales aún hoy nos sorprenden. Pasando por el estado ruinoso de los que nos enrostran su abandono en un compás de espera que se acelera cada vez que la tierra tiembla. Los que tienen usos vigentes desde las transformaciones de sus programas originales, los cuales deberían ser ejemplo señero de la capacidad de nuestras ciudades para convivir con su pasado. Hasta los que hoy día comienzan su recuperación contemporánea, como son el caso del Palacio Cousiño, el Palacio Vergara o el Palacio Pereira, entre los que anuncian su retorno instalándose en nuestros futuros posibles. El reconocimiento activo de esos valores económicos sumados a los valores culturales y sociales son los que deben comparecer a la hora de enunciar los propósitos de una intervención que los “pone en valor” desde un trabajo en donde la ética y la estética son dos caras de una misma moneda. Serán esa estética y esa ética del trabajo desplegado en este proyecto que hoy nos entrega el término de las obras de intervención en el Palacio Rioja que no podría menos que permitirnos avizorar un final feliz, que es siempre un nuevo comienzo abierto por el futuro posible entregado solidariamente a las nuevas generaciones.

(1) ORREGO LUCO, Luis (1908): Casa Grande. Santiago de Chile: Zig-Zag Editores. p. 31.

(2) Una reciente investigación sistemática en esa línea ha dado como resultado los textos BERGOT, Soléne (2009): “Unidad y distinción: el eclecticismo en Santiago en la segunda mitad del siglo XIX”, en  Revista 180, núm. 23, y BERGOT, Solène; VERGARA, Enrique y VIZCAÍNO, Marcelo (2014): “Palacio Vergara: élite y arquitectura en Santiago a fines del siglo XIX”, en Arquiteturevista, vol. 10, núm. 2, jul/dez.  Además de los textos de difusión RODRÍGUEZ-CANO, Antonio et al. (2007): La Belle Epoque de Santiago Sur Poniente 1865-1925. Santiago de Chile: Edición del Banco Santander, e IMAS, Fernando y ROJAS, Mario (2012): Palacios al norte de la Alameda: el sueño del París Americano. Santiago de Chile: ARC Editores.

(3) Sobre la intervención de La Moneda ver MÁRQUEZ DE LA PLATA, Rodrigo (1985):  “La restauration du Palais de La Monnaie – Santiago du Chili”, en Icomos Information, núm. 3, Juillet/Septembre.

(4) Sobre el “factor terremoto” como variable que estructura ciclos en la producción arquitectónica chilena se puede revisar el trabajo de URRUTIA, Carlos (1993): Catástrofes en Chile 1536-1992. Santiago: Editorial La Noria.

(5) SALOMÓ, Jorge (2009): Viñamarina. La historia a partir de un Corso de Flores. Valparaíso: Ediciones Universitarias de Valparaíso.

(6) Como se describe en su biografía donde se comentan estos menesteres y actividades oficiosas al servicio de los negocios de su dueño, ver PELÁEZ y TAPIA, José (1923): Biografía del Excmo. Señor don Fernando Rioja Medel, Primer Conde de Rioja de Neila 1860-1922. Valparaíso: Imprenta Victoria.

(7) Salvo el Palacio de la Moneda decretado Monumento Nacional en 1951, el resto de los casos emblemáticos son declarados en tal categoría en la década del 70 y 80. Representativo de esta situación es el hecho de que el Palacio Rioja entre en el catálogo monumental a partir del decreto Ministerio de Educación nº 262, del 14 mayo de 1985.

(8) Fenómeno documentado en publicaciones periódicas como la Revista AUCA, ver “Nuevo destino para viejos edificios”, en AUCA, nº 40, octubre 1980 y la Revista del Colegio de Arquitectos, ver “Rearquitecturas”, CA, núm. 37, abril 1984.

(9) DÁVILA, Roberto (1978): Apuntes sobre la arquitectura colonial chilena. Santiago: Edición de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile, 26.

(10) SAHADY, Antonio (1992): La vivienda urbana en Chile durante la Época Hispana (Zona Central). Santiago: Departamento de Historia y Teoría de la Arquitectura, Facultad de Arquitectura y Urbanismo, Universidad de Chile.

(11) SAHADY, Antonio (2015): Mutaciones del Patrimonio Arquitectónico de Santiago de Una revisión del centro histórico. Santiago: Editorial Universitaria.

(12) PUENTE, Moisés (2014): “Estrategias ‘re’”, en CRISPIANI, Alejandro (ed.) Concurso Palacio Pereira. Historia de una recuperación patrimonial. Santiago: Ediciones ARQ.

(13) Como bien reseña la mirada del agudo cronista Roberto Merino respecto del Barrio República, donde la concentración de preexistencias reconocibles como palacios le hace merecedor del epítome Barrio de los Palacios, en MERINO, Roberto (2014): República (Una crónica). Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales.



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